Los bombardeos de junio de 1955
“Hace cincuenta años aviones de la marina de guerra y la aeronáutica, en un supuesto intento de asesinar al presidente Perón, bombardeaban el centro cívico de la ciudad y el Palacio Unzué, la hoy desaparecida residencia presidencial.
En el campo de la memoria pública, e incluso en el más capilar de la memoria social, el 16 de junio de 1955 marca un antes y después. Y lo hace en dos sentidos: por un lado, visto retrospectivamente marca el comienzo del fin de la experiencia de gobierno del primer peronismo; a la vez, es el inicio de un tipo de violencia que anticipa los métodos y los medios del terrorismo de Estado. Junio del ’55 es un tiempo liminar, en el que las fuerzas que debían defender y custodiar a los ciudadanos de supuestos peligros exteriores, en un inquietante vuelco moebiano, se vuelven contra ellos. Junio del ’55 se inscribe así como el inicio de un momento de transición entre el terrorismo faccioso que hace uso de los medios del Estado para consumar el golpe y la asunción plena por parte de -en este caso sí- un estado de excepción que deroga por decreto la Constitución de 1949 e impulsa fusilamientos extrajudiciales que vulneran el orden jurídico liberal que la coalición finalmente vencedora en noviembre de 1955 declama restaurar.
La matanza de civiles indefensos esa tarde de junio preludia la ulterior criminalidad de lesa humanidad que caracterizará al Estado argentino no sólo en la dictadura aramburista que siguió al derrocamiento de Perón sino a aquella del ’76 que vino a cerrar, a sangre y fuego, el ciclo iniciado en el ’45”.
Extraído de Besse, Juan (2007), “Políticas de la memoria, 16 de junio de 1955, entre recuerdo y reescritura”, en Juan Besse y Alejandro Kawabata (Comps.) Grafías del 55. Otros repartos entre recuerdo y olvido, Lanús: Ediciones de la UNLa, p. 63.
En esta actividad se propone vincular literatura e historiografía, utilizando la novela de Ernesto Sabato Sobre héroes y tumbas. En esta obra, publicada en 1961, se relata de forma escueta el episodio de los bombardeos de junio de 1955. A continuación, se ubica a Martín, el protagonista, en medio de la quema de iglesias que se dieron en represalia por los bombardeos, al asociar a la Iglesia como instigadora del intento de golpe contra Perón.
Consigna: a partir de la lectura de la selección de Sabato, responda
1. ¿Qué sectores están representados en el episodio de la quema de iglesias?
2. ¿A partir de qué elementos son distinguidos en la novela?
3. ¿Qué contrastes utiliza el autor al describir la actuación de quienes queman las iglesias?
4. ¿A qué se refiere la expresión “cabecita negra”? ¿Qué vinculación realiza la mujer que rescata objetos de la iglesia con la identidad del muchacho “cabecita negra”?
5. ¿Cómo se ubican espacialmente los personajes involucrados?
6. ¿Qué argumentos da el “cabecita negra” para defender a Perón?
XXVI
“Y de pronto, uno de aquellos días sin
sentido, se sintió arrastrado por gentes que corrían, mientras arriba rugían
aviones a reacción y la gente gritaba Plaza
Mayo, entre camiones cargados con obreros que locamente corrían hacia allí,
entre gritos confusos y la imagen vertiginosa de los aviones rasantes sobre los
rascacielos. Y después el estruendo de la bombas, el tableteo de las
ametralladoras y de los cañones antiaéreos. Y siempre la gente corriendo,
entrando a empellones en los edificios, pero volviendo a salir, no bien los
aviones habían pasado, con curiosidad, con nerviosa conversación, hasta que
volvían los aviones y nuevamente corrían hacia dentro. Mientras otras personas,
resguardadas apenas contra las paredes (como si se tratara de una simple
lluvia) miraban hacia arriba, o señalaban con sus brazos extendidos en
direcciones indeterminadas, perplejos o curiosos. Y luego llegó la noche. Y la
llovizna comenzó a caer silenciosamente sobre una ciudad sobrecogida y minada
por rumores.
XXVII
La soledad era lúgubre y en la noche los incendios echaban
un resplandor siniestro sobre el cielo plomizo.
Se oía el bombo como en un carnaval de
locos.
Ahora estaba frente a la Iglesia,
arrastrado por gente enloquecida y confusa. Algunos llevaban revólveres y
pistolas. "Son de la Alianza", dijo alguien. Pronto ardió la nafta
que habían echado sobre las puertas. Entraron en tumulto, gritando. Arrastraron
bancos contra las puertas y la hoguera creció. Otros llevaban reclinatorios,
imágenes y bancos a la calle. La llovizna caía indiferente y frígida. Echaron
nafta y la madera ardió furiosamente, en medio de las heladas ráfagas.
Gritaron, sonaron tiros por ahí, algunos corrían, otros se refugiaban en los
zaguanes de enfrente, contra las paredes, fascinados por el fuego y el pánico.
Alguien alzó en sus brazos una imagen de la Virgen e iba a arrojarla entre las
llamas. Otro, que estaba al lado de Martín, un muchacho obrero aindiado, gritó:
"¡dámela! ¡no la quemés!"
—¿Qué? —dijo el otro con la imagen en
alto, mirándolo con furia.
—No la quemés, me hago unos pesos —dice
el muchacho.
El otro bajó la imagen y meneando la
cabeza se la dio. Luego arrojó bancos y cuadros.
El muchacho tenía ahora la Virgen en el
suelo, a sus pies. Buscó ayuda. Vio a un agente de policía que miraba el
espectáculo, le pidió que lo ayudase a sacar la imagen de la iglesia.
—No te metas en líos, pibe —le recomendó
el policía.
Martín se acercó.
—Yo te ayudo —le dijo.
—Bueno, agarra de los pies —dijo el
muchacho obrero.
Salieron. Afuera seguía lloviendo, pero
el incendio crecía en la calle y todo crepitaba por la nafta y el agua. Una
mujer rubia y alta, con el pelo suelto y desgreñado, con un hachón de bronce
que manejaba a manera de bastón, arrastraba una bolsa que llenaba con imágenes
y objetos del culto.
—¡Canallas! —decía.
—Calláte, loca —gritaban.
—¡Canallas! —decía—, irán todos al
infierno.
Avanzaba con su gran bolsa y el hachón,
con el que se defendía. Un muchacho le tocó obscenamente el cuerpo, otro le
gritaba porquerías, pero ella avanzaba defendiéndose con el hachón y repitiendo
"canallas".
—¡Andá, chupacirios! —le gritaron.
Pero ella avanzaba y repetía
"canallas", con voz ronca y seca, casi ensimismada, pétrea y fanática.
—Es una loca, dejelán —gritaban.
Una mujer aindiada, con un gran palo
vigilaba y atizaba el fuego, como en un gigantesco asado.
—Es una loca, dejelán que se vaya
—decían.
La mujer rubia avanzaba con la bolsa,
abriéndose paso entre la muchachada que le gritaba porquerías, le tiraba
tizones encendidos y se reía, tratando de manosearla.
Ahora se levantaban grandes llamaradas
de la curia: ardían los papeles, los registros. Un hombre de chambergo,
morocho, reía histéricamente y tiraba piedras, cascotes, pedazos de pavimento.
La rubia desapareció de la parte
iluminada.
Una alegre música de carnaval volvió a
escucharse: los muchachos de la murga habían dado vuelta a la manzana:
La
murga de Chanta Cuatro
lo
viene a visitar...
A la luz de las llamaradas las contorsiones
parecían más fantásticas. Los copones servían de platillos: disfrutados con
casullas, enarbolaron cálices y cruces, marcaban el compás con hachones
dorados. Alguien tocaba un bombo. Luego cantaron:
A
nuestro director
le
gusta el disimulo...
Y luego el bombo, rítmicamente, y las
contorsiones en medio de las llamaradas, siempre marcando el compás con los
hachones dorados.
Se volvieron a oír tiros y hubo
corridas. No se sabía de dónde venían, quiénes eran. Hubo pánico. Se oyó decir:
"Es la Alianza". Otros tranquilizaban, pasaban palabras de orden. Otros
corrían o gritaban "ahora vienen" o "calma, muchachos".
En el centro de la calle crecía la
hoguera. Un grupo de muchachos y mujeres arrojaban un confesionario. Traían
todavía imágenes y cuadros.
Un hombre arrastraba un Cristo y una
mujer que acababa de aparecer, feroz y decidida, gritó:
—Démelo.
—¿Qué? —dice el hombre mirándola con
desprecio.
Alguien dijo: "es de la
Fundación".
—¿Quién, quién? —preguntaban.
La murga cantaba:
A
la chica de Gónzale
le
gustan la banana...
La mujer siguió al hombre y tomó al
Cristo de los pies para que no se arrastrara.
—Déjelo —gritó el hombre.
—Démelo —gritó la mujer.
Y por un instante el Cristo permaneció
en el aire, entre los dos que forcejeaban.
—Venga, señora —dijo el muchacho que
sacó a la Virgen de la Iglesia.
—¿Qué? —dijo la mujer, sin largar los
pies del Cristo.
—Que venga, que deje eso.
—¿Qué? —dijo la mujer, enloquecida.
—Tome esta imagen —le dijo.
La mujer pareció vacilar, sin dejar el
Cristo, que se bamboleaba.
—Pero venga, señora —dijo el muchacho.
Ella parecía vacilar, pero el hombre le
dio un gran tirón al Cristo y se lo arrancó de las manos. La mujer, como
idiotizada, lo miró alejarse y volvió luego su mirada a la Virgen que estaba en
el suelo al lado del muchacho.
—Venga, señora —dijo el muchacho.
La mujer se acercó.
—Es la Virgen de los Desamparados —dijo
el muchacho.
La mujer lo miró sin entender, parecía
no entender: era un cabecita negra. Tal vez pensaba que querían hacerle algo.
—Sí, señora —dijo Martín—, la sacamos de
la Iglesia, este muchacho la salvó del fuego.
Ella miró al cabecita negra. La murga
ahora se iba:
La
murga del Chanta Cuatro
se
vamo a retirar...
La mujer se acercó.
—Bueno —dijo—, la vamos a llevar a casa.
El muchacho y Martín se inclinaron para
levantar la Virgen.
—No, esperen —dijo ella.
Se desabrochó el tapado, se lo quitó y
cubrió la imagen. Luego quiso ayudar.
—Deje —dijo el muchacho—, nosotros
bastamos. Diga adónde vamos.
Caminaron. La mujer adelante, un hombre
los seguía. La lluvia aumentaba ahora y el muchacho sentía que la corona
estrellada se le estaba clavando en la cara. Ya no sabía nada: todo era
confuso.
—Un herido —dijeron—; dejen paso.
Les abrieron paso.
Caminaron por Santa Fe hacia Callao. El
resplandor rojizo iba siendo cada vez menor y poco a poco predominaba la noche
hosca, solitaria y helada. La lluvia caía silenciosamente y a lo lejos se oían
gritos aislados, algún disparo, silbatos.
Llegaron, subieron por un ascensor hasta
el séptimo piso, entraron en un departamento lujoso y Martín vio que el
muchacho obrero estaba confuso: miraba con timidez y vergüenza a la mucama, no
sabía cómo moverse entre los muebles y los objetos de arte.
Pusieron de pie la imagen en un rincón y
sin advertirlo, quizá, el muchacho puso su cabeza cansada y confusa sobre la
Virgen, como si descansara en silencio. De pronto advirtió que le estaban
hablando.
—Vamos —le dijo la mujer—, hay que
volver.
—Sí —dijo el muchacho, mecánicamente.
Miró en derredor, como buscando algo.
—¿Qué? —dijo la mujer.
—Querría —dijo el muchacho.
—¿Qué, qué es lo que querés, muchacho?
—dijo la mujer.
—Un vaso de agua, eso es lo que quería.
Le trajeron agua y el muchacho bebió
como si estuviera calcinado.
—Bueno, ahora vamos —dijo la mujer.
La lluvia había disminuido, la murga
debía estar en otros incendios, pero el fuego allí proseguía, ahora en
silencio: los hombres y las mujeres se habían convertido en silenciosos y
fascinados espectadores, desde la vereda de enfrente.
Uno tenía unas casullas bajo el brazo.
—¿Quiere darme esas casullas? —dijo la
mujer.
—¿Qué? —dijo el hombre.
—Las casullas. Si me las quiere dar
—dijo la mujer.
El hombre no respondió: miró el
incendio.
—Las casullas —repitió la mujer con
calma, una calma de sonámbulo—. Quiero guardarlas, para la iglesia, cuando la
reconstruyan.
El hombre siguió mirando el incendio,
silencioso.
—¿No es usted católico? —dijo la mujer
con odio.
El hombre siguió mirando el incendio.
—¿No está bautizado? —dijo la mujer.
El hombre siguió mirando el incendio,
pero sus ojos (Martín lo advirtió) se habían ido endureciendo.
—¿No tiene hijos? ¿No tiene madre?
El hombre estalló:
—¿Por qué no se irá a la puta madre que
la parió?
—Yo soy católica —dijo la mujer,
impasible y sonámbula—. Quiero las casullas para cuando se reconstruya.
El hombre la miró e inesperadamente
habló en tono normal:
—Las tengo para taparme de la lluvia
—dijo.
—Por favor, deme las casullas —repitió
la mujer con calma.
—Vivo muy lejos, en General Rodríguez
—dijo el hombre.
Alguien, detrás de la mujer empecinada,
dijo:
—Entonces usted ha venido de General
Rodríguez, usted es de los que estaban quemando la iglesia.
La mujer empecinada volvió la cabeza:
era un viejo de pelo blanco.
Alguien con chambergo desabrochó un
impermeable y sacó una pistola. Fríamente, con desprecio, se encaró con el
viejo:
—¿Y usted quién es para interrogar a
nadie? —dijo.
El de las casullas también sacó una
pistola. Una mujer, con un gran cuchillo de cocina en la mano, se acercó a la
mujer impasible y le dijo:
—¿Querés que te metamos las casullas en
el culo?
La mujer impasible y demencial le
propuso un cambio al hombre de las casullas:
—Este paraguas tiene mango de oro —dijo.
—¿Qué?
—Que se lo cambio por las casullas. El
mango es de oro. Vea.
El hombre miró la empuñadura.
La mujer del cuchillo, poniéndole la
punta sobre el costado a la mujer de la propuesta, volvió a repetirle su frase
anterior.
—Bueno —dijo el hombre—. Déme el
paraguas.
La mujer del cuchillo, furiosa, le
gritó:
—¡Atorrante! ¡Vendido!
—Ma qué vendido —dijo el de las casullas
con gesto de fastidio—. ¿Para qué quiero casullas, yo?
—¡Sos un atorrante vendido! —gritó la
mujer del cuchillo.
El de las casullas se volvió
repentinamente frenético:
—Mirá, va a ser mejor que te calles, si
no querés que te meta plomo.
La mujer del cuchillo lo insultó y le
puso el cuchillo delante de la cara, pero el otro tomó el paraguas y no
respondió.
La mujer se alejó con las casullas, en
medio de gritos e insultos. El hombre del chambergo dijo entonces:
—Bueno, muchachos, aquí no hay nada que
hacer. Vamos.
La mujer de las casullas llegó hasta
donde estaban Martín y el cabecita negra. Lejos, temerosos. La acompañaron de
nuevo hasta la casa de la calle Esmeralda. Y nuevamente a Martín le pareció que
el muchacho estaba triste, mientras desde la puerta miraba lentamente aquellos
sillones, aquellos cuadros y porcelanas.
—Entrá —insistió la mujer.
—No señora —dijo el muchacho—, ya me
voy. Ya no me necesita.
—Esperá —dijo la mujer.
El muchacho esperó, con respetuosa
dignidad.
Ella lo miró.
—Vos sos obrero —le dijo.
—Sí, señora. Soy textil —respondió el
muchacho.
—¿Y qué edad tenés?
—Veinte años.
—¿Y sos peronista?
El muchacho se quedó callado y bajó la
cabeza.
La mujer lo miró duramente.
—¿Cómo podes ser peronista? ¿No ves las
atrocidades que hacen?
—Los que quemaron las iglesias son unos
pistoleros, señora —dijo.
—¿Qué? ¿Qué? Son peronistas.
—No, señora. No son verdaderos
peronistas. No son peronistas de verdad.
—¿Qué? —dijo con furia la mujer—. ¿Qué
estás diciendo?
—¿Me puedo ir, señora? —dijo el
muchacho, levantando la cabeza.
—No, esperá —dijo ella, como pensando—,
esperá... ¿Y por qué salvaste a la Virgen de los Desamparados?
—Y yo qué sé, señora. A mí no me gusta
quemar iglesias. ¿Y qué culpa tiene la Virgen de todo esto?
—¿De todo qué?
—De todo el bombardeo de Plaza Mayo, qué
sé yo.
—¿Así que a vos te parece mal el
bombardeo de Plaza Mayo?
El muchacho la miró con sorpresa.
—¿No sabes que hay que terminar alguna
vez con Perón? ¿Con esa vergüenza, con ese degenerado?
El muchacho la miraba.
—¿Eh? ¿No te parece? —insistía la mujer.
El muchacho bajó la cabeza.
—Yo estaba en Plaza Mayo —dijo—. Yo y
miles de compañeros más. Delante mío a una compañera una bomba le arrancó una
pierna. A un amigo le sacó la cabeza, a otro le abrió el vientre. Ha habido
miles de muertos.
La mujer dijo:
—¿Pero no comprendés que estás
defendiendo a un canalla?
El muchacho se calló. Luego dijo:
—Nosotros somos pobres, señora. Yo me
crié en una pieza donde vivía con mis padres y siete hermanos más.
—¡Esperá, esperá! —gritó la señora.
Martín también fue a salir.
—¿Y vos? —le dijo la mujer—. ¿Vos
también sos peronista?
Martín no respondió.
Salió a la noche.
Ernesto
Sabato, Sobre héroes y tumbas, Buenos
Aires: Seix Barrial, 2006. pp. 238-246.





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